El dragón de tu corazón.

Estaba volviendo a enfadarse de esa manera tan suya que tiene, sé que no lo hace a malas, pero odio cuando se pone a decirme que siempre me lo dice. Odio cuando la gente me dice que esta cansada de mí. Porque siempre me lo dicen. "Siempre igual", "cuando empiezas a decir estas cosas me hartas"; en tono apagado, como si ya... Como si fuera algo tan repetitivamente molesto que ya casi lo dejan correr.
Hoy me he ido.
Estaba volviéndolo a hacer, pero no le he dado tiempo: me he ido. Y no he sentido absolutamente nada. Solo esa familiar sensación de estar atrapada.
Soy una sensible, lo sé. Y en parte es algo que odio porque en mi cabeza se exagera todo de manera abismal. 
Después le he dicho que lo sentía, porque sé que la acción de irse ha sido exagerada, pero en realidad necesitaba hacerlo porque no sabía decirle un simple: "para". 

Le canso a la gente. Me cansa la gente. Me cansan las voces, los ruidos, los estruendos, los chillidos, las risas. Me cansa tener que levantarme cada día a la misma hora. Me cansa que solo me salte el horario cuando salgo de "fiesta". Me cansa que no pueda depender plenamente de mí misma. Me cansa tener que dar explicaciones. Me cansa intentarlo cada día. Me cansa cansarme de estar aburrida. Me cansa querer hacer algo y no saber el qué. Me cansa que me juzguen y que yo lo haga también. Me cansan los ojos contentos, los tristes, los perdidos, los valientes, los amargos, los dulces. Me canso de mí. Y me canso de echarle la culpa a todo sin ni siquiera saber que pasa. 




¿Gris o Transparente?

 Ahora solo sé que hay silencio. No es un silencio normal, es un silencio que esconde cambios: aterrador, te alcanza, te retiene, y te aprisiona. Te encierra de una manera que cada vez  presiona más.
    No es frío ni cálido, simplemente es como agua templada, sale de algún lugar escondido y se filtra por todo el cuerpo. No es conocido, tampoco desconocido, es algo de lo que no te das cuenta pero a la vez si. Es algo que te pone un cristal grisáceo ante tu "yo", tu "tú", y el mundo. Un gris que te ciega sobre ti y sobre todo. Algo que te enseña y que te esconde. Es un no constante y miles "sí" sin fundamento. Algo que hace que te envenenes con lo exterior y lo interior. Algo invisible. No es tóxico. Hace que te intoxiques. 




Navegó por el verde cielo

Una vez me dijeron que la soledad es el arma del más fuerte, pero también la vulnerabilidad del más débil. Que es eso que nos hace conocernos, y que por eso para algunos estar solo es algo que tienen que evitar constantemente; porque les aterra conocerse, les aterra estar con algo que no les gusta, algo que no les agrada. Puede que piensen que están podridos por dentro, y que si alguien se da cuenta, todo ha acabado. Conocernos es, sin embargo, algo que tendríamos que hacer sin miedo. Porque estaremos toda la vida con nosotros mismos.



En ese momento odié a todo el mundo, me harté de todos. Me cansé de dar explicaciones a la gente, a justificar lo que hago en cada momento sin saber porqué y sin quererlo. Pero en ese momento no me importaba casi nada. Sentía mi cabeza llena, literalmente, no paraba de pensar inútilmente, le daba vueltas a todo sin conseguir llegar a lo que se suponía que quería llegar, tenía la sensación de que en algún momento iba a acabar haciendo alguna locura sin ser consciente; me sentía en el abismo con el miedo de caer en algo horrendo. 
     Cogí el maletín que siempre iba conmigo, pegado a mi mano. Me puse el sombrero marrón y salí de casa hacia el parque.
    El cielo era azul celeste, el aire purgaba el ambiente de la pequeña ciudad y arrastraba pequeñas hojas que caían de los árboles anaranjados, pequeñas hojas que los niños pequeños arrancaban del césped. Eso me relajaba. Pero era una mentira, no lograba salir de mi cabeza, ni lograba relajarme, algo me lo impedía. Me lo impedía yo, no sabía cómo pero me lo impedía. Solo quería dejar de pensar.
    Paré de caminar, me senté en el prado y me quité los zapatos, luego los calcetines. Me estiré y miré al cielo. Había parejas que me miraban de reojo extrañados, como si estuviera loco. No me importaba demasiado. 
    Me quité las gafas y me froté los lados del tabique. Me dolía un poco. Putas gafas; estaba ciego. 
    Cerré los ojos y me centré en los olores. Olía fresco, húmedo. Hacía ese olor que el aire hace antes de que empiece una fuerte tempestad, después empecé a oler el aroma dulzón que hacían las pocas flores que aún no habían sido arrebatadas por el otoño. 
    Y finalmente lo entendí: me había perdido entre mis pensamientos y el ruido de la ciudad, había navegado por los mares de mi vida encerrado en un barco sin vistas, y perdí el sentido de todo sin darme cuenta, me escapé de mi mismo; como humo.

Me equivoqué

"Te he visto cuando eras pequeña, cuándo plantabas flores azules y amarillas en nuestro jardín nuevo, las regabas, y te pasabas los cinco primeros días sentada delante de la tierra que habías removido. Les susurrabas cosas bonitas a las semillas, les decías que ellas podían, les decías que las ayudarías a crecer. Al cabo de dos años plantaste la semilla de lo que ahora seguramente debe ser un árbol gigante, de esos que se llaman árboles desmayo. Ésos que tienen las hojas caídas y que parece que lloren, ésos tan bonitos; siempre han sido tus favoritos. 
    El verano que plantaste esa semilla, correteaste alrededor del lugar, cantando y jugando conmigo, con tu padre, y con el perrito que teníamos en esa época: Taus. 
    Recuerdo que desde esos pequeños momentos supe que tu perdición serían las plantas. Te fascinaban. Cuando eras un poco más mayor, alrededor de los doce años, descubriste que la mayoría de plantas tenían propiedades beneficiosas, empezaste a decirme que no te pusiera cremas, que cogiera ese cactus que parecía una flor, lo abriera y te lo pusiera por tu piel irritada. Desde allí supe que llegarías lejos. 
    Tu corazón es mucho más grande que el de una persona sabia, tu mente es mucho más sana que la de la gente que habita en este mundo de locos. Y tú... Tú eres tú, un único tú brillante e insustituible.
    Hoy te escribo para decirte perdón, pero no por haberme ido, si no por haberos dejado sin decir nada. Hace años que pienso en ti y en esta carta, y nunca había sido lo suficientemente fuerte para empezar siquiera la primera palabra. 
    No sé que pensaba cuándo hice las maletas corriendo, cogí los libros más importantes, y pagué un taxi para que me llevara a la embarcación. Pero lo que sí sé es que en todo momento mi pecho se sentía oprimido por alejarme de vosotras. 
    Con esta carta no pretendo recibir una sonrisa, mucho menos un abrazo. Con esta carta lo que pretendo es volver a intentarlo, pedirte que me des una oportunidad. Me equivoqué."





Por eso los sabios son ancianos

La mayoría de mis relatos empiezan con "a veces", y es que cada día decimos la misma palabra; "a veces no sé que hago aquí", "a veces no sé que pensar", "a veces me siento mal, otras, bien"... Nombramos palabras que tienen como significado sólo posibilidades, porque durante el día nos imaginamos haciendo un montón de cosas en el futuro, sin centrarnos en el presente. Hacemos, hacemos y hacemos sin plantearnos lo que hacemos, —que paradoja ¿no?—. Si soy sincera, no sé que narices escribir. Solo quiero contar y contar, pero no sé cómo hacerlo; no sé con que palabras, o por dónde empezar. Quiero contar que la vida no da vueltas, si no tú. Quiero contar que aún me falta por aprender, y que como más aprendes más creces; por eso los sabios son ancianos, porque hay tanto conocimiento alrededor, tanto conocimiento, también, interior, que muchos no llegan a sabios. Quiero contar que quiero escribir, no escribir por pura necesidad, o por pura escapatoria de emociones, quiero escribir para vivir, para sentir, para crear, para explicar, para crear un stop, una casita hecha de papel que se almacena en tu mente. Porque mi yo es escribir, porque si me sacas eso no tengo nada. Es cómo un cantante al que le robas la voz, ¿como expresa todo lo que tiene dentro? Explotaría. Si a un pintor le robas los ojos, ¿como ilustra su interior, las historias que te quiere contar? No podría vivir, explotaría. Y dentro de lo bonito que tiene el artista, también hay su fealdad, lo curioso es que sigue siendo arte. 

No entiendo la gente que no entiende el arte. Es decir, no sé ni si esos aliens ni si quiera existen; quiero decir que cada día estamos rodeados de libros, música, cuadros. Si entiendes la obra entenderás el artista que la ha hecho, porque ha expresado una parte de él. ¿Qué porqué creo en el ser humano? Porque el arte viene de él.




No tiene sentido, pero al ser de letras se puede leer.

A veces no te sale. A veces lo que quieres decir está aferrado en tu interior, tan enredado entre tus sentimientos y tus pensamientos... A veces todo tu interior esta en constante jaleo. No sabes ni que creer, ni que pensar. Todo tú se convierte en caos y entonces pierdes la noción de todo; pierdes el control de tu vida. Entonces crees que ya no hay nada que hacer, porque ya no importa nada. Lo único que te salva es la música, tus amigos, y él. Porque con la melodía de las canciones te evades, desapareces de lo que creen que es real, porque con la sonrisa de tus amigos eres un poco más feliz, y porque el último, te arregla, te salva y te hace creer que lo imposible es posible, y te hace darte cuenta de que los atardeceres acaban con el horizonte de todos los colores, como un pez de escamas plateadas en las que se refleja el sol.


No entiendo como los peces parecen siempre tan bonitos; hasta los podrías comparar con el viento, por su delicada manera de moverse y su serenidad.


Y es que no puedo pensar en nada más que eso. Y lo difícil es admitirlo, porque se puede decir, sí, pero aceptarlo tu mismo es difícil; complicado que digamos.


Nunca había visto la vida a través de un velo, es como si no hubiera distancias, literalmente. O demasiada diferencia de distancias, literalmente otra vez.



Pero vamos a hablar de cosas que se entiendan: hablemos del aire fresco y del agua helada. Hablemos de los peces de colores libres atrapados en el mar, o de los pájaros desenvueltos presos en el cielo. O de la noche cálida y oscura a la vez, o del día libre y fresco. Hablemos del tacto de los libros viejos, de su olor amargo y de sus hojas curtidas por los años; o de su historia, porque los libros siempre tienen más de una historia; tienen la historia que ha escrito el autor, la narración, la obra, y después hay la historia del libro mismo, cómo lo escribieron, cómo lo imprimieron, quién lo leyó primero, y cómo lo hizo, quizás con un café y un poco de tabaco, o cerca de la estufa, o en verano, con el sol cómo luz. Todo tiene historia. Todo. Hasta las letras que usamos para comunicarnos. Por ejemplo, la letra H proviene del hebreo heth, que significa cerrado, por eso tiene la barra de en medio; representa una aspiración. 

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Un cuadro del universo


Los chicos no pueden llorar porque eso hace de mujer, no pueden vestir de rosa porque eso significa que eres gay. Las chicas no pueden enseñar ni demasiada pierna ni demasiado escote, porque si no dirán que eres una fulana, pero cuidado, tampoco te tapes mucho porque sino pensarán que eres una monja. ¿Y si soy chico y estoy triste y quiero llorar? ¿Y si el rosa es mi color preferido? ¿Y si soy chica y me gusta vestir con minifaldas y escote, ya provoco?
       Si me gustan las rastas y me las hago, ¿ya significa que toda mi cabeza está llena de piojos? ¿Soy pobre y sucio?
       Si me visto con ropaje negro y me tiño el pelo de negro, ¿ya significa que soy un punky?
      Si me siento cómodo o cómoda dentro de estos grupos clasistas, no pasa nada. ¿Pero y si no me siento cómodo?
      Hoy en día no sólo los abuelos o los padres un poquito anticuados o de mentalidad clásica nos dicen que no podemos hacer esto o esto porque no es normal, o nos dicen cómo nos tenemos que comportar por el simple hecho de ser chico o chica. Nos lo dice también la sociedad; la televisión nos anuncia calzoncillos puestos en chicos fuertes, estilizados y guapos: impetuosos. Nos anuncia bragas en chicas altas, flacas y preciosas: delicadas.
      La bulimia y la anorexia no existirían si no estuviéramos tan rodeados de estereotipos ni tan acomplejados del ¿qué dirán?
     La imagen de las personas se ha convertido en un negocio más hoy en día. Pastillas para adelgazar, ropa estrechísima, cremas anti-arrugas, pastillas para ensanchar tu musculatura, etc.
      Por culpa de la importancia que le da la gente a la imagen de uno mismo, muchas personas no han podido conocer a otras magníficas. Lo importante de una persona no es cómo va vestido, si llora o si tiene michelines o no. Las mentes son preciosas, y lo demás tendría que dar todo igual. ¿Las mentes son preciosas? ¡Nunca! Prefiero un macho alfa y una modelo que alguien gordo y precioso de mente.
     No solo la gente tiene que cambiar su manera de ver las cosas y enseñarles a sus hijos, o amigos, o personas que lo bonito no sólo es el físico. Y que la ropa no tiene porqué determinarte. Tendrían que decirles que las mentes son como millones de cuadros, canciones, melodías. Cada mente son millones de historias, millones de sentimientos, que los corazones cantan y que nos enseñan a vivir. Y que da igual la imagen y el físico. Que lo importante es lo de dentro, que eso es lo que enamora, lo que nos hace establecer una amistad o algún tipo de relación. Que más vale una persona llena por dentro y fea o mal vestida, que una persona que sigue los estereotipos vacía. En ningún momento digo que una persona que sigue los estereotipos no puede ser magnífica y brillante, claro que lo puede ser.
      Pero no puedes juzgar un libro por su tapa ni una persona por su pelaje.









Que cuerdos somos con nuestra ceguedad.

Que bazofia quedarte sentado viendo que tu vida pasa de largo. Que bodrio querer levantarte y no tener fuerzas. Que desastre, que fracaso, que la sociedad arruine a la mayoría de artistas de este mundo. Que terribles que son las distracciones de este universo, y que maravillosas a la vez, lleno de música que va al ritmo de nuestro corazón. Y que bonito es el caos que los humanos hemos creado. 

Que cuerdos somos con nuestra ceguedad, y que corta se nos hace una canción que disfrutamos.

Que mundo lleno de tantas vidas, de tantos sentimientos, de tantas aventuras y de tantas cosas extraordinarias. 

¿No os habéis dado cuenta ya? ¿De que somos nosotros quiénes tenemos el poder de todo? Eres lo bastante mayor para no haberte dado cuenta. 

"Son lo que son y lo que querían ser" dijo Carlos Ruiz Zafón.

Somos una vida, una esperanza, un mundo; somos todo y nada a la vez. Tenemos más fuerza que una persona, tenemos todo y nada. Tenemos lo que queremos. 
"Somos tan indestructibles como queramos creerlo" dijo John Green.

Estamos tan borrachos de sueño que nos cuesta abrir los ojos, pero todo se puede. Solo despiértate, abre tu colorida mente y escucha tu precioso corazón. Es hora de otra hora.





Piratas

A bordo del Zeus el capitán guiaba con seguridad a su tripulación por entre los mares del sur; El Jefe, le llamaban, por la gran facilidad en resolver los peores contratiempos y su mente fría en cualquier adversidad que se presentara. Sus marineros nunca habían luchado por el puesto de capitán, le respetaban y acataban todas sus normas sin la más mínima queja.


El día 2 de agosto de 1722 el océano era cristalino azulado, tan transparente, que podías ver a través de los cuatrocientos metros de agua; era algo inusual, teniendo en cuenta que estaban en alta mar: peces rojos, verdes, amarillos y azules; algas de todos los tamaños, colores y formas. La tripulación del Zeus celebraba su última victoria contra sus enemigos los Piratas Azules en la cámara del capitán. Una mesa larga de madera llena de monedas, collares de perlas y piedras preciosas, anillos, lingotes y polvo de oro esparcidos sin orden ni concierto. En los huecos que quedaban había comida de lujo humeante robada de las cocinas del otro barco: pollo relleno de manzanas al horno adornado con una deliciosa salsa marrón caramelizada, un cerdo cocido entero en su jugo, enormes faisanes rellenos de frutos rojos y vino, montones de jarras con vino rojo y brillante. Con una sola mirada se podía apreciar el esplendido banquete pirata y que deseable y sabroso era lo que tenían ante sus ojos.

Sobre los estantes de madera vieja que había en el camarote del capitán, se encontraban preciosas botellas de licor y alcohol puro de tonos anaranjados.

—¡Celebremos esto como Dios manda! —exclamó el Jefe cogiendo una botella de ron—. ¡1653! ¡Un Ron del siglo pasado!

El Jefe era un hombre imponente, sus hombros tapados por su chaqueta marrón de cuero, eran rectos y angulosos, sus piernas eran musculadas y fuertes. Su rostro moreno era de facciones duras, su cabellera era oscura y su barba se unía en una rasta decorada con algas rojas y verdes. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos: verdes como dos brillantes esmeraldas pulidas.

—¡Brindemos! —El Jefe abrió la botella de licor y dio un largo trago, lo pasó a su tripulante de la izquierda y se secó la boca con su manga.

—¡Jefe! ¡Tierra a estribor! !Ha aparecido de la nada! —chilló el vigía abriendo de golpe la puerta del camarote.

El jefe se abalanzó al portón, subió a cubierta y trepó a popa. Clavó sus ojos hacia en frente, irguió la espalda con lentitud y su piel se encrespó, su mirada se tornó profunda y humeante, la negrura manaba desde lo más profundo de su alma, expectante, fijó la mirada en lo que parecía ser una gran isla que poco a poco se acercaba a la embarcación en silencio.

Se empezaron a oír unos susurros acompasados, primero muy débiles, pero poco a poco se iban convirtiendo en unos profundos y misteriosos cánticos que hacían vibrar el aire.

—¡Vira! —chilló El jefe—. ¡Voltea Zeus!

Pero el marinero restó quieto, con la mirada perdida en las rocas de esa isla cada vez más cerca. La tripulación salía del camarote del capitán, todos alelados por los cantos de lo que parecían mujeres. Voces finas y agudas que cantaban a coro habían entrado por sus orejas y se habían apoderado de su conciencia. Todos estaban ensimismados mirando la tierra.

El Jefe fue corriendo a la otra punta del barco, cogió el timón con las dos manos, y dio dos vueltas enteras para hacer girar aquel navío. Pero no se movía, el barco iba directo a la isla, ignorando lo que el capitán le ordenaba, haciendo caso omiso de los gritos e insultos en nombre del alta mar.

El capitán, ya abatido de intentar hacer virar el barco, se dirigió a sus marineros, se puso delante de cada uno y los zarandeaba, chillando insultos y pidiendo a gritos que volvieran en sí, ninguno le hizo caso, el más bajito lo apartó y se tiró por la borda. El jefe no pudo pararlo, y al subir otra vez a popa se dio cuenta de que la isla rodeada de rocas estaba justo delante del barco. Entonces pudo ver claramente quién cantaba. No eran mujeres.

Eran sirenas.

Sirenas encima de las rocas, sirenas dentro del mar, con una piel fina y delicada, con facciones pequeñas y labios gruesos, con ojos color almendra, azules, turquesa, verdes y miel. De cintura hacia abajo tenían una gran cola, una cola de delfín formada por miles de escamas de todos los colores, y aletas mas finas y más transparentes que el cristal. El barco paró, también alelado por las medio- mujeres.

Pero el capitán no sucumbía, ataba a todos los tripulantes que podía, les quitaba los cuchillos para que no pudiesen escaparse, pero la gran mayoría saltaba y se lanzaba de cabeza al mar. El jefe era inmune, era plenamente consciente de lo que hacía, conocía sus sesenta años; todo su pasado como la palma de su mano.

Cuándo los tripulantes caían al mar, las sirenas que estaban a su lado se tornaban feas y deformes, sus narices se aplanaban hasta que solo quedaban dos agujeros en su rostro, su piel y sus cabellos se ponían verdosos y sus dientes se transformaban en millones y millones de agujas curvas de color paja, repartidas en tres filas. Cogían a los hombres y los llevaban bajo el agua, nadando a una velocidad inhumana hasta que los pobres marineros se quedaban sin respiración y morían por el peso que el agua ejercía sobre su cuerpo.

El jefe no pudo salvar a nadie, los atados se soltaron y saltaron, y él sin pensarlo dos veces se tiró detrás de ellos.

Cayó al agua de cabeza, y nadó hasta la superficie. Nadie le atacaba, ninguna sirena se acercaba a él, no pudo quedarse más atónito. Las sirenas cogieron los hombres y se los llevaron a las profundidades, y así hasta que no quedó mas que una sirena. Una sirena de cabellos naranjas y de ojos miel, con el rostro lleno de pecas aleatorias que se acumulaban en sus pómulos. Ésta se acercó a él. El jefe estaba a punto de nadar al barco cuándo ella dijo:

—No huyas Santiago —su voz estaba rota—. Soy yo.

—¿Que quieres de mí? —Santiago no huyó, se quedó esperando a que se acercara él, y así lo hizo. La sirena se acercó a él, y sacó las manos del agua. En ellas llevaba una cesta con tres criaturas del tamaño de un puño.

—Tú eras así cuándo te quitaron de mis manos y me quitaron la voz. Quiero que cuides de éstos niños, quiero que vivan felices, en familias buenas. También tienen el sello —dijo mirando la muñeca del hombre—. Les protegerá cómo te ha protegido a ti. No sólo de nosotras. Te he quitado los lazos que amarran tu barco en este lugar. Huye. Te quiero —le dijo dándole la cesta y acariciando su mejilla—. Cuídate.

El jefe asintió, se despidió de ella con una mirada triste y rota, y marchó.

La calle oscura.

Siento muchísimo no haber publicado nada estas semanas; abría el ordenador diciendo: "Voy a hacer un Tutorial Blogger, hace mucho tiempo que no hago uno", ponía las manos en el teclado, y me lo quedaba mirando durante minutos hasta que estaba tan frustrada de que no saliera nada que cerraba la pantalla y me estiraba al sofá a hacer lo que sea que hiciera. 

La verdad es que no solo no he escrito nada en el blog, sino que no he escrito nada en ningún otro sitio (sin contar los deberes, los exámenes, y todas esas cosas), no he podido describir lo que tenía en mi cabeza, no sabía como empezar, con que conjunto de palabras podía trazar y proyectar ese bosque desnudo de hojas en el que el viento se colaba por todos los agujeros de las cortezas y en el que las pequeñas flores se doblaban y salían volando sin mirar al final de ese camino. 

Y es que "quiero escribir", me decía. Pero no podía, por más que quisiera estaba bloqueada, en blanco. Y hoy me he decidido. Quería publicar algo, explicar alguna cosa curiosa. No sé. También quería haceros una pregunta que os haré al final de esta entrada, tenía muchas cosas en mente y he empezado por lo que tenía más claro. La descripción de alguna cosa bonita y una pregunta. 


A veces nos gusta estar solos. Es relajante, es tranquilo, eres tú y ya está. Si ninguna preocupación, sin ningún agobio, sin prisas. Caminar por una calle, de noche; con tus pies moviéndose al ritmo de una canción lenta y bonita. Las luces de una ciudad dormida reflejados en el suelo mojado, los bancos a banda y banda de la calle; húmedos. Y ese aire frío que no mueve ni una pluma. El ronroneo de tres coches que pasan a la vez, las risas de unos jóvenes que se divierten locamente, la vida de la noche y la muerte del día. El cielo oscuro y las pocas estrellas que se pueden ver en una urbe.

Y pensar que el mundo es gigantesco, que está lleno de sitios preciosos.

Somos nuestra vida, y nuestra vida somos nosotros. Podemos ser quién queramos, hacer lo que nos dé la gana, cambiar lo que sea. No mires nunca detrás, ten el pasado presente, pero nunca mires detrás; porque el pasado podrido no se puede arreglar, pero un futuro aún no sucedido puede cambiar. 












Pregunta: 
¿Qué es ser escritor?
 

 
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